Friday, January 30, 2009

La Presentación en el Templo

La Presentación en el Templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35) (...) De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelio, 'buena noticia', que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la Persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo. (Rosarium Virginis Mariae, 20).

Tuesday, January 27, 2009

La historia del Concilio Vaticano II en un DVD

La historia del Concilio Vaticano II en un DVD
Producido por el Centro Televisivo Vaticano
CIUDAD DEL VATICANO, martes 27 de enero de 2009 (ZENIT.org).- En el marco de los cincuenta años del anuncio del Concilio Vaticano II por parte de Juan XXIII, el Centro Televisivo Vaticano ha producido un documental en formato DVD en el que se rememora su historia.
En sesenta minutos, el reportaje permite descubrir a algunos de sus protagonistas y descubrir imágenes y momentos de aquel evento que cambiaría la historia de la Iglesia y del mundo.
"El Concilio Vaticano II", este es el nombre del DVD, aparece en español, italiano y polaco, y es distribuido a nivel internacional y en Internet por HDH Communications (http://www.hdhcommunications.com).

Wednesday, January 14, 2009

Benedicto XVI: El hombre no es esclavo de los elementos del cosmos

Benedicto XVI: El hombre no es esclavo de los elementos del cosmos
Homilía en la Epifanía del Señor

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 13 enero 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI, el pasado 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, al presidir la celebración eucarística en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

La Epifanía, la "manifestación" de nuestro Señor Jesucristo, es un misterio multiforme. La tradición latina lo identifica con la visita de los Magos al Niño Jesús en Belén y, por tanto, lo interpreta sobre todo como revelación del Mesías de Israel a los pueblos paganos. En cambio, la tradición oriental privilegia el momento del bautismo de Jesús en el río Jordán, cuando se manifestó como Hijo unigénito del Padre celestial, consagrado por el Espíritu Santo. Pero el evangelio de san Juan invita a considerar "epifanía" también las bodas de Caná, donde Jesús, transformando el agua en vino, "manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos" (Jn 2, 11).

Y ¿qué deberíamos decir nosotros, queridos hermanos, especialmente los sacerdotes de la nueva Alianza, que cada día somos testigos y ministros de la "epifanía" de Jesucristo en la santa Eucaristía? La Iglesia celebra todos los misterios del Señor en este santísimo y humildísimo sacramento, en el que él revela y al mismo tiempo oculta su gloria. "Adoro te devote, latens Deitas". Así, adorando, oramos con santo Tomás de Aquino.

En este año 2009, que, en el IV centenario de las primeras observaciones de Galileo Galilei con el telescopio, está dedicado de modo especial a la astronomía, no podemos menos de prestar atención particular al símbolo de la estrella, tan importante en el relato evangélico de los Magos (cf. Mt 2, 1-12). Muy probablemente eran astrónomos. Desde su punto de observación, situado al oriente con respecto a Palestina, tal vez en Mesopotamia, habían notado la aparición de un nuevo astro y habían interpretado este fenómeno celestial como anuncio del nacimiento de un rey, precisamente, según las Sagradas Escrituras, del rey de los judíos (cf. Nm 24, 17) .

En este singular episodio, narrado por san Mateo, los Padres de la Iglesia vieron también una especie de "revolución" cosmológica, causada por el ingreso del Hijo de Dios en el mundo. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo escribe: "Cuando la estrella se situó sobre el Niño, se detuvo; y sólo una potencia que los astros no tienen podía hacer esto, es decir, primero ocultarse, luego aparecer de nuevo y, por último, detenerse" (Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 7, 3). San

Gregorio Nacianceno afirma que el nacimiento de Cristo imprimió nuevas órbitas a los astros (cf. Poemas dogmáticos, v, 53-64: PG 37, 428-429). Eso claramente se ha de entender en sentido simbólico y teológico. En efecto, mientras la teología pagana divinizaba los elementos y las fuerzas del cosmos, la fe cristiana, llevando a cumplimiento la revelación bíblica, contempla a un único Dios, Creador y Señor de todo el universo.

El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creación. Esto, en cambio, no se entiende en sentido poético, sino real. Por lo demás, así lo entendía Dante, cuando, en el verso sublime que concluye el Paraíso y toda la Divina Comedia, define a Dios "el amor que mueve el sol y las demás estrellas" (Paraíso, XXIII, 145). Esto significa que las estrellas, los planetas y todo el universo no están gobernados por una fuerza ciega, no obedecen únicamente a las dinámicas de la materia.

Por consiguiente, no son los elementos cósmicos los que se han de divinizar, sino, al contrario, en todo y por encima de todo hay una voluntad personal, el Espíritu de Dios, que en Cristo se reveló como Amor (cf. Spe salvi, 5). Si es así, entonces los hombres, como escribe san Pablo a los Colosenses, no son esclavos de los "elementos del cosmos" (cf. Col 2, 8), sino que son libres, es decir, capaces de relacionarse con la libertad creadora de Dios.

Dios está en el origen de todo y lo gobierna todo, no a la manera de un motor frío y anónimo, sino como Padre, Esposo, Amigo, Hermano, como Logos, "Palabra-Razón", que se unió a nuestra carne mortal una vez para siempre y compartió plenamente nuestra condición, manifestando el sobreabundante poder de su gracia.

Así pues, en el cristianismo hay una concepción cosmológica peculiar, que encontró elevadísimas expresiones en la filosofía y en la teología medievales. También en nuestra época da signos interesantes de un nuevo florecimiento, gracias a la pasión y a la fe de numerosos científicos, los cuales, siguiendo las huellas de Galileo, no renuncian ni a la razón ni a la fe, más aún, valoran ambas a fondo, en su recíproca fecundidad.

El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" -así decía también Galileo- considerándolo como la obra de un Autor que se expresa mediante la "sinfonía" de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un "solo", un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este "solo" es Jesús, al que precisamente corresponde un signo regio: la aparición de una nueva estrella en el firmamento.

Los escritores cristianos antiguos comparan a Jesús con un nuevo sol. Según los conocimientos astrofísicos actuales, lo deberíamos comparar con una estrella aún más central, no sólo para el sistema solar, sino incluso para todo el universo conocido. En este misterioso designio, al mismo tiempo físico y metafísico, que llevó a la aparición del ser humano como coronación de los elementos de la creación, vino al mundo Jesús, "nacido de mujer" (Ga 4, 4), como escribe san Pablo. El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse el Autor y su obra.

En el Jesús terreno se encuentra el culmen de la creación y de la historia, pero en el Cristo resucitado se va más allá: el paso, a través de la muerte, a la vida eterna anticipa el punto de la "recapitulación" de todo en Cristo (cf. Ef 1, 10). En efecto, "todo fue creado por él y para él", escribe el Apóstol (Col 1, 16). Y, precisamente con la resurrección de entre los muertos, él obtuvo "el primado sobre todas las cosas" (Col 1, 18). Lo afirma Jesús mismo al aparecerse a los discípulos después de la resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18).

Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia. No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo. Por eso, los que creen en Cristo mantienen siempre la esperanza, también hoy, ante la gran crisis social y económica que aflige a la humanidad; ante el odio y la violencia destructora que no dejan de ensangrentar a muchas regiones de la tierra; ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse como dios de sí mismo, que a veces lleva a peligrosas alteraciones del plan divino sobre la vida y la dignidad del ser humano, sobre la familia y la armonía de la creación.

Como advertí ya en la citada encíclica Spe salvi, nuestro esfuerzo por liberar la vida humana y el mundo de los envenenamientos y de las contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro, conserva su valor y su sentido aunque aparentemente no tengamos éxito o parezcamos impotentes ante el empuje de fuerzas hostiles, porque "lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios" (n. 35).

El señorío universal de Cristo se ejerce de modo especial sobre la Iglesia. "Bajo sus pies -se lee en la carta a los Efesios- (Dios) sometió todas las cosas y lo constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo" (Ef 1, 22-23). La Epifanía es la manifestación del Señor y, como reflejo, es la manifestación de la Iglesia, porque el Cuerpo no se puede separar de la Cabeza.

La primera lectura de la liturgia de hoy, tomada del llamado "tercer Isaías", nos ofrece la perspectiva precisa para comprender la realidad de la Iglesia, como misterio de luz refleja: "Levántate, brilla, -dice el profeta dirigiéndose a Jerusalén- porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti" (Is 60, 1). La Iglesia es humanidad iluminada, "bautizada" en la gloria de Dios, es decir, en su amor, en su belleza, en su señorío.

La Iglesia sabe que su humanidad, con sus límites y sus miserias, pone más de relieve la obra del Espíritu Santo. Ella no puede jactarse de nada, excepto en su Señor: no proviene de ella la luz, no es suya la gloria. Pero su alegría, que nadie le podrá arrebatar, es precisamente ser "signo e instrumento" de Aquel que es "lumen gentium", luz de los pueblos (cf. Lumen gentium, 1).

Queridos amigos, en este año paulino, la fiesta de la Epifanía invita a la Iglesia, y en ella a cada comunidad y a cada fiel, a imitar, como hizo el Apóstol de los gentiles, el servicio que la estrella prestó a los Magos de Oriente guiándolos hasta Jesús (cf. san León Magno, Discurso 3 en la Epifanía, 5: PL 54, 244). ¿Qué fue la vida de san Pablo, después de su conversión, sino una "carrera" para llevar a los pueblos la luz de Cristo y, viceversa, llevar a los pueblos a Cristo? La gracia de Dios convirtió a san Pablo en una "estrella" para los gentiles. Su ministerio es ejemplo y estímulo para la Iglesia a redescubrir que es esencialmente misionera y a renovar el compromiso de anunciar el Evangelio, especialmente a quienes aún no lo conocen.

Pero, al mirar a san Pablo, no podemos olvidar que toda su predicación se alimentaba de las Sagradas Escrituras. Por eso, en la perspectiva de la reciente Asamblea del Sínodo de los obispos, es preciso reafirmar con fuerza que la Iglesia y cada uno de los cristianos sólo pueden ser luz, que guía a Cristo, si se alimentan asidua e íntimamente de la Palabra de Dios. La Palabra, y ciertamente no nosotros, es la que ilumina, purifica y convierte. Nosotros somos servidores de la Palabra de vida. San Pablo se concebía a sí mismo y su ministerio como un servicio al Evangelio. "Todo lo hago por el Evangelio", escribe (1 Co 9, 23). Lo mismo debería poder decir también la Iglesia, cada comunidad eclesial, cada obispo y cada presbítero: todo lo hago por el Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, orad por nosotros, los pastores de la Iglesia, a fin de que, asimilando diariamente la Palabra de Dios, podamos transmitirla con fidelidad a los hermanos. Pero también nosotros oramos por todos vosotros, los fieles, porque cada cristiano, por el Bautismo y la Confirmación, está llamado a anunciar a Cristo, luz del mundo, con la palabra y el testimonio de su vida.

Que la Virgen María, Estrella de la evangelización, nos ayude a llevar a cabo juntos esta misión; e interceda por nosotros desde el cielo san Pablo, Apóstol de los gentiles. Amén.




[Traducción distribuida por la Santa Sede

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

Sunday, January 11, 2009

Benedicto XVI agradece la obra evangelizadora del Camino Neocatecumenal

Santa Sede

Benedicto XVI agradece la obra evangelizadora del Camino Neocatecumenal
Alienta su integración en la pastoral parroquial y diocesana

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 11 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Benedicto XVI dio gracias a Dios en la tarde de este sábado por la obra evangelizadora que ha suscitado a través del Camino Neocatecumenal, en un encuentro festivo con motivo de los cuarenta años del inicio de esta realidad eclesial en la diócesis de Roma.

Al mismo tiempo, en las palabras que dirigió a unos 25.000 miembros del Camino, en la Basílica de San Pedro del Vaticano, les alentó a ser dóciles a las directivas de los obispos para vivir en plenitud su vocación eclesial.

En la celebración, animada por los cantos que caracterizan a los encuentros del Camino, participaban Kiko Argüello, que ha compuesto algunos de ellos, Carmen Hernández y el padre Mario Pezzi, iniciadores de este itinerario de catecumenado para redescubrir el Bautismo.

"¿Cómo no bendecir al Señor por los frutos espirituales que, a través del método de evangelización que aplicáis, se han podido recoger en estos años?", se preguntó el Papa.

"¡Cuántas frescas energías apostólicas se han suscitado tanto entre los sacerdotes como entre los laicos! ¡A cuántos hombres y mujeres, y a cuantas familias que se habían alejado de la comunidad eclesial o que habían abandonado la práctica de la vida cristiana, a través del anuncio del kerygma y del itinerario de redescubrimiento del Bautismo se les ha ayudado a volver a encontrar la alegría de la fe y el entusiasmo del testimonio evangélico!", afirmó.

El obispo de Roma reconoció que la reciente aprobación de los Estatutos del Camino por parte del Consejo Pontificio para los Laicos "ha sellado la estima y la benevolencia con que la Santa Sede sigue la obra que el Señor ha suscitado a través de sus iniciadores".

El pontífice reconoció que la obra evangelizadora del Camino encontrará su plena realización con "dócil adhesión a las directivas de los pastores", los obispos, "y de comunión con todos los demás componentes del Pueblo de Dios".

"Esta unidad, don del Espíritu Santo e incesante búsqueda de los creyentes, hace de cada comunidad una articulación viva y bien integrada en el Cuerpo místico de Cristo", aseguró.

"La integración orgánica del Camino en la pastoral diocesana y su unidad con las demás realidades eclesiales beneficiarán a todo el pueblo cristiano y harán más fecundo el esfuerzo de la diócesis a favor de un anuncio renovado del Evangelio en nuestra ciudad", indicó.

Por último, el Papa dio gracias a Dios por otro de los grandes frutos suscitados por el Camino Neocatecumenal: "el gran número de sacerdotes y de personas consagradas que el Señor ha suscitado en vuestras comunidades".

En el encuentro tomó la palabra Kiko Argüello para presentar las realidades presentes: las más de 200 familias que partirán por todo el mundo a anunciar el Evangelio (uniéndose a las 500 que ya han partido en años anteriores); los 700 itinerantes que han abierto en el mundo la experiencia del Camino; las nuevas 15 "missio ad gentes", a las que se añaden siete que ha han comenzado esta experiencia.

La "missio ad gentes" está constituida por un grupo de tres o cuatro familias con numerosos hijos y un presbítero. Irán a vivir en ciudades descristianizadas de Alemania y de otros países, por ejemplo, entre aborígenes australianos.

Kiko Argüello presentó al Papa, por último, a algunas comunidades que han terminado el itinerario y que irán a parroquias de las afueras de Roma que experimentan situaciones sociales difíciles. Entre ellas, las primeras comunidades de la parroquia de los Mártires Canadienses de Roma, la primera de esta diócesis donde comenzó el Camino.

Las "comunitates in missio" es otra de las novedades en los últimos años: comunidades enteras que han terminado el Camino Neocatecumenal se ponen a disposición para trasladarse a otras parroquias de la diócesis que lo requieran. La experiencia comenzó en París, en la parroquia de la "Bonne Nouvelle".

El Papa bendijo a estos nuevos "misioneros" a quienes hizo entrega, a algunos personalmente, de una cruz plateada, signo de la misión que se les ha encomendado. El encuentro concluyó con un Te Deum de acción de gracias.

El Camino está presente en 120 países de 5 continentes, formando 20.000 comunidades en más de 5.500 parroquias.

Por Jesús Colina

Saturday, January 10, 2009

El Bautismo hace la diferencia

El Bautismo hace la diferencia
Meditación para el Evangelio del domingo del padre Thomas Rosica

TORONTO, viernes 9 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la meditación que ha escrito del padre Thomas Rosica, c.s.b., sobre la liturgia de la Palabra del domingo, 11 de enero, Bautismo de Jesús.

El sacerdote, miembro del Consejo General de la Congregación de San Basilio, es profesor de varias universidades canadienses de Sagrada Escritura y presidente del canal de televisión de ese país "Salt and Light" (rosica@saltandlighttv.org).

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Evangelio según San Marcos 1,7-11

La Navidad ha terminado y los Magos, tras regresar a su país por otro camino, han desaparecido del horizonte. La fiesta del Bautismo del Señor delimita aparentemente el final del tiempo litúrgico de la Navidad, pero en realidad la gran fiesta final de la Navidad es la Presentación de Jesús en Templo, el 2 de febrero. Ha llegado la hora de plantearnos preguntas difíciles sobre lo que hemos vivido con motivo de las celebraciones de la Navidad.

Es terrible ver que para muchos la Navidad es la religión de una sola noche, por más bella y estupenda que sea. La encarnación de Jesús se reduce así a un simple acontecimiento sentimental, a una tradición o una fiesta cultural. Pero Jesús no es un meteoro. No basta con hacer el belén y quedarse con los brazos cruzados: hay que continuar. Y aceptar lo que representa quien yace en el pesebre, comenzar a vivir su sentido, escogiendo quizá nuevas orientaciones, poniendo en cuestión nuestros antiguos caminos y teorías, siguiendo nuestra ruta con la convicción de que algo ha cambiado. Alguien ha provocado una enorme diferencia en nuestra vida, ha cambiado literalmente el curso de la historia.

La epifanía de Cristo, de Jesús que inaugura su misión divina sobre la tierra, se cumple plenamente con el Bautismo del Señor, que celebramos en este domingo. El estupendo texto de la oración de la noche de la fiesta de la Epifanía celebra así tres misterios en este santo día: "Hoy la estrella ha llevado a los magos al pesebre; hoy el agua se ha transformado en vino en la bodas de Caná; hoy Cristo ha sido bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos". Cada acontecimiento está acompañado por una teofanía, un signo de la intervención divina: la estrella, el agua transformada en vino, la voz del cielo y la paloma. Hoy somos testigos del bautismo del Señor, en quien nosotros mismos hemos sido bautizados.

La aparición de Juan Bautista en el Evangelio de este domingo parece hacernos volver al tiempo del Adviento... para concentrar nuestra atención en el testimonio del bautismo y de Jesús, y tomar ciertas decisiones para nuestras vidas y para nuestro futuro. La primera narración del Bautismo de Jesús que se encuentra en las Escrituras la presenta Marcos. La predicación de Juan es al mismo tiempo irritante y atractiva. Las primeras palabras de su proclamación alejan la atención de su persona: "Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo" (versículo 7). Toda la misión de Juan consistía en preparar la venida del Mesías. Cuando llegó la hora, Juan se acercó con sus propios discípulos a Jesús y le presentó como el Mesías, la verdadera Luz, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús quedó atraído por Juan y aceptó ser bautizado, pues se identificaba totalmente con la condición humana. Experimentó nuestro combate y nuestra necesidad de ser lavado de la culpabilidad de nuestros pecados. Por el bautismo de Juan en las aguas del Jordán, Jesús nos abre la posibilidad de aceptar nuestra condición humana, y de entrar en contacto con Dios. Somos bautizados por la muerte y la resurrección de Jesús. El Cielo se abre sobre nosotros en este sacramento y, en la medida en que vivamos unidos con Jesús la realidad de nuestro bautismo, el cielo se nos abrirá.

Cuando era estudiante en Roma descubrí un pasaje de la Iglesia primitiva que se adapta muy bien a la fiesta del bautismo del Señor. En el siglo III, Cipriano de Cartago, escribió a su amigo Donato: "El mundo en el que vivimos es malo, Donato. Pero en medio de este mundo he descubierto a un grupo de personas santas y serenas. Son personas que han encontrado una felicidad que es mil veces más alegre que todos los placeres de nuestras vidas de pecadores. Estas personas son despreciadas y perseguidas, pero eso no les importa. Son cristianos, Donato, y yo soy uno de ellos".

Al recordar el bautismo de Jesús en el Jordán, hagamos eco a las palabras de Cipriano: "Yo soy también uno de ellos". Nuestro propio bautismo nos invita a ver el pasado con reconocimiento, a aceptar el futuro con esperanza y el presente con un temor entremezclado de maravilla. Cada vez que nosotros celebramos la eucaristía, somos invitados al banquete del Señor, suntuosamente presentado ante nosotros. Compartir la eucaristía nos une a nuestros hermanos y hermanas que se han sumergido en la vida de Cristo en las aguas del bautismo. Recemos para que la gracia de nuestro bautismo nos ayude a ser luz para los demás y para nuestro mundo, y que nos dé la fuerza y la valentía para hacer la diferencia.

[Traducción del original inglés realizada por Jesús Colina]

Saturday, January 3, 2009

Juan Pablo II - Santisimo Nombre de Jesus

Santísimo Nombre de Jesús (*).

Al respecto el Siervo de Dios Juan Pablo II expresó lo siguiente en uno de los párrafos de la Audiencia General del 14 de enero de 1987 cuyo título era "Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador" :
"...En el plan dispuesto por la Providencia de Dios, Jesús de Nazaret lleva un Nombre que alude a la salvación: 'Dios libera', porque Él es en realidad lo que el nombre indica, es decir, el Salvador. Lo atestiguan algunas frases que se encuentran en los llamados Evangelios de la infancia, escritos por Lucas: '...nos ha nacido... un Salvador' (Lc 2, 11), y por Mateo: 'Porque salvaría al pueblo de sus pecados' (Mt 1, 21). Son expresiones que reflejan la verdad revelada y proclamada por todo el Nuevo Testamento. Escribe, por ejemplo, el Apóstol Pablo en la Carta a los Filipenses: 'Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un Nombre, sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble la rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor (Kyrios, Adonai) para gloria de Dios Padre' (Flp 2, 9-11).

La razón de la exaltación de Jesús la encontramos en el testimonio que dieron de El los Apóstoles, que proclamaron 'En ningún otro hay salvación, pues ningún otro Nombre nos ha sido dado bajo el Cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos' (Hech 4, 12)..."

San Gregorio Nacianceno (330-390), obispo, doctor de la Iglesia, en su Discurso teológico (n.4), expresa:

Jesús es Hijo del hombre, por ser descendiente de Adán y por ser hijo de María... Es el Cristo, el Ungido, el Mesías, por su divinidad; esta divinidad es la que unge su humanidad..., presencia total de Aquel que lo consagra como tal... Es el Camino porque es Él mismo quien nos conduce. Es la Puerta porque es Él quien nos introduce en el Reino. Es el Pastor porque es Él quien conduce el rebaño a las praderas y le hace beber una agua refrescante; le enseña el camino a seguir y le defiende contra los animales salvajes; hace regresar a la oveja errante, encuentra a la oveja perdida, cura a la oveja herida, guarda a las ovejas que gozan de buena salud y, gracias a las palabras que le inspira su sabiduría de pastor, las reúne en el redil de arriba. Es la Oveja, porque es la víctima. Es el Cordero porque no tiene defecto. Es el Gran Sacerdote, porque ofrece el sacrificio. Es Sacerdote según Melquisedec, porque es Rey de Salem, Rey de paz, Rey de justicia... Estos son los nombres del Hijo, Jesucristo: "Él es el mismo ayer, hoy", corporal y espiritualmente, "y lo será por siempre". Amén. http://www.mariamediadora.com/Oracion/Newsletter409.htm

Friday, January 2, 2009

2009 - BAJO LA PROTECCIÓN DE LA MADRE DE DIOS - Benedicto XVI

BAJO LA PROTECCIÓN DE LA MADRE DE DIOS



En este tiempo de Navidad, comenzando el año en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, esperamos recorrer este período de tiempo bajo la protección de la Santísima Virgen. Lo mismo le deseamos a nuestros lectores.



“Nuestra gran esperanza como creyentes es la vida eterna en la comunión de Cristo y de toda la familia de Dios. Esta gran esperanza nos da la fuerza de afrontar y de superar la las dificultades de la vida en este mundo. La presencia maternal de María nos asegura esta noche que Dios no nos abandona nunca, si nos confiamos a Él y seguimos sus enseñanzas (…)



“La Virgen Madre, nos ofrece al Niño que yace en el pesebre como nuestra esperanza segura. Llenos de confianza, podremos entonces cantar en conclusión del Te Deum: "In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum –Tu, Señor, eres nuestra esperanza, ¡no seremos confundidos eternamente!”. Sí, Señor, en Ti esperamos, hoy y siempre; Tú eres nuestra esperanza”.

(Benedicto XVI, Vísperas del 01-01-09).